Ali Vs Fraizer I: El Día Que No Hubo Vuelo Ni Zumbido

Por Jonathan Eig

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Dos autores que han escrito profusamente con respecto a la vida de Muhammad Ali fueron honrados esta semana con premios literarios patrocinados por ESPN. Jonathan Eig fue reconocido con el Premio de Literatura Deportiva PEN/ESPN por su libro titulado “Ali: Una vida”. Dave Kindred, autor de aproximadamente una docena de títulos, fue galardonado con el Premio a la obra de una Vida PEN/ESPN en Literatura Deportiva. Kindred escribió “Sonido y furia”, una biografía de Ali que repasa su relación con el comentarista deportivo Howard Cosell.

Al recibir el honor por parte de PEN/ESPN, Eig indicó: “Si Ali estuviese aquí, creo que diría algo similar a lo expresado hace 50 años: ‘Soy Estados Unidos. Soy la parte del país que ustedes no reconocerán. Sin embargo, acostúmbrense a mí. Negro. Confiado. Arrogante. Mi nombre, no el de ustedes. Mi religión, no la de ustedes. Mis metas. Lo mío. Acostúmbrense a mí”.

“Pues bien, hay gente que aún no se ha acostumbrado. Algunas personas, incluyendo al actual inquilino de la Casa Blanca, no están acostumbrados a ver atletas negros expresando su opinión y utilizando su fuerza, presionando para conseguir cambios. Hay gente que aún no se acostumbra a la idea de que hay musulmanes norteamericanos. Hay gente que aún no se acostumbra a la idea que protestar es un acto de patriotismo. Historias como la de Muhammad Ali tienen poder. Las historias nos unifican. Las historias crean compasión. Las historias pueden erradicar el odio y las historias pueden cambiar al mundo. Acostúmbrense a ello”.

A continuación, les traemos un extracto del capítulo titulado “Ali vs. Frazier”, parte del best-seller escrito por Eig.


La multitud presente era multicultural, mucho antes que alguien utilizara ese término. Era una explosión de orgullo, un desfile de moda punk, una demostración de ego y poder, aturdidos gracias a las drogas. Todos estaban allí, y los que no estaban presentes, mintieron y dijeron que sí habían asistido. Entre las personalidades cuya asistencia fue verificada y que pudieron respirar el mismo aire rancio dentro del Madison Square Garden se encontraban Frank Sinatra, Barbra Streisand, los astronautas que abordaron el Apolo 14, Sammy Davis Jr., el Coronel Harlan Sanders, famoso por haber fundado la cadena de restaurantes Kentucky Fried Chicken, Hugh Hefner, Barbi Benton (acompañante de Hefner esa noche, y que vistió una blusa translúcida bajo un abrigo de piel de mono), Hubert Humphrey, Woody Allen, Diane Keaton, Miles Davis, Dustin Hoffman, Diana Ross (en pantalones ceñidos y cortos de terciopelo negro), Ethel Kennedy, Ted Kennedy, el alcalde John Lindsay, Burt Bacharach, Sargent Shriver, William Saroyan y Marcelo Mastroianni. Bing Crosby se conformó con un asiento dentro de un Radio City Music Hall a capacidad plena, donde vio el combate a través del circuito cerrado de televisión.

Esa misma noche, el hermano de Ali, Rahman, sostuvo su octavo combate como profesional. Rahman no había caído vencido antes; no obstante, nunca había peleado contra un oponente de envergadura. En el Garden, antes de la pelea más importante de la carrera de su hermano, Rahman sufrió su primera derrota, siendo apaleado por un púgil inglés llamado Danny McAlinden.

Luego, llegó el momento. Era la hora de ‘La pelea’. Era una sensación tan inmensa que sobrecargaba los sentidos de los presentes en el Madison Square Garden, que veían a los boxeadores marchar hacia el ring. Ali llegó primero, vistiendo una bata de terciopelo negro, pantalones rojos y zapatos blancos con borlas rojas. Frazier usaba una bata de terciopelo rojo con tejido brocado con pantalones que combinaban. Ambos hombres se encontraban en excelente forma física. Los productores de televisión cuidaron cada detalle, llegando incluso a ayudar a ambos hombres a seleccionar los colores de sus pantalonetas, escogiendo un tono más oscuro para hacer contraste con el matiz más claro de la piel de Ali, al igual que pantalonetas de color más claro para la piel oscura de Frazier. Ali bailaba alrededor del cuadrilátero durante las presentaciones, acercándose a Frazier en son de reto, llamándolo: “¡Tonto!” Frazier no mostró interés en responderle.

Mientras el árbitro daba sus instrucciones, Ali apuntó a la mandíbula de Frazier y éste le respondió yendo hacia la mandíbula de Ali.

(El novelista norteamericano Norman) Mailer escribió que los momentos previos a una pelea “son equivalentes al primer beso de una relación amorosa”. Sin embargo, se asemejan más al primer misil en una pelea. Puede ser una u otra cosa. El hecho es que los primeros golpes en el combate entre Ali y Frazier fallaron. Ali lanzó varios jabs y flurries. Frazier se agachó, su cabeza se movía tan rápido como sus puños y siguió adelante, tratando de esquivar los jabs de Ali. Ali no se rendía y seguía lanzando más jabs, pero la cabeza de Frazier siempre estaba en movimiento; en muy pocas ocasiones estaba donde Ali esperaba conseguirla. Ali picaba como abeja, pero no flotaba como mariposa. No flotaba en absoluto. Inmediatamente, se hizo obvio que no estaba tratando de desgastar a Frazier. Intentaba herirle, desconectar su sinapsis y mientras más temprano lo hiciera, mejor. Ali se mantuvo erguido y lanzaba jabs seguidos por ganchos destellantes, tratando de aprovechar su gran ventaja en cuanto a estatura y alcance, intentando así poner punto final a la pelea rápidamente. Joe se mantuvo bajo. Fue algo en lo que había trabajado durante largas horas bajo la supervisión de Eddie Futch. En el gimnasio, estiraron cuerdas por todo el cuadrilátero y Frazier practicó agachándose bajo ellas, moviéndose, lanzando golpes, moviéndose y golpeando, en cientos, miles de ocasiones. Ahora, se movía, lanzaba golpes y seguía adelante, lanzaba más golpes mientras proseguía su movimiento.

Ali se impuso en las tarjetas durante los dos primeros rounds, consiguiendo mayor cantidad de golpes efectivos que Frazier. Sin embargo, tras la apertura del tercer round, Frazier sonrió, llamando a Ali a salir a pelear. Frazier lanzó varios ganchos a su cabeza y cuerpo, yendo hacia adelante. Cada vez que Frazier lograba impactarle, Ali sacudía su cabeza vigorosamente, dándole a entender a la multitud que ese golpe no le había perturbado. Al final del round, Ali regresó a su esquina, manteniéndose erguido y rechazando sentarse, para así mostrarle a Frazier que no estaba cansado. Ali actuaba como un niño en un parque de juegos, sacándole la lengua a su rival y retando a su enemigo. Sin embargo, en este caso, al enemigo no parecía importarle.


Los aficionados al boxeo estaban sorprendidos al ver a Ali peleando al mismo estilo de Frazier, frente a frente con él e intercambiando golpes, en vez de bailar y lanzar jabs. Ali peleaba como si se hubiese creído su propia alharaca, como si creyera que él era mucho más grande y fuerte, ahora que ya no necesitaba depender de la velocidad. Los ojos de Frazier se hincharon. Su boca se llenaba de sangre. Sin embargo, seguía buscándole, seguía gruñendo. Incluso, el jab izquierdo tan castigador de Ali no detenía a Frazier. Asumió su castigo, pero de vez en cuando, conseguía pasar por debajo de uno de los jabs y conectaba el golpe más preciado de su repertorio: el gancho izquierdo.

Ali había predicho un nocaut en el sexto episodio. Sin embargo, para ese sexto round, Frazier seguía manteniéndose fuerte, mientras Ali mostraba síntomas de fatiga. Envolvió el cuello de Frazier con sus brazos, recostándose sobre las cuerdas y comenzó a manotear ligeramente la cara de Frazier, asemejando a un hombre pintando una cerca. En el séptimo y octavo rounds, hizo más de lo mismo, descansando y quizás tratando de quitarle a Frazier las ganas al pretender que podía hacer lo mismo durante toda la noche, tratando a las cuerdas como una hamaca, un lugar agradable para descansar por un tiempo hasta que estuviera listo para regresar a trabajar. Durante la pelea, Ali provocaba a Frazier, diciéndole que no podía ser capaz de ganarle.

“¡No sabes que yo soy Dios!”, le gritó.

“Dios mío, estás en el lugar equivocado esta noche”, le respondió Frazier. “Vete a otra parte, no estés aquí. ¡Te voy a patear el trasero y te voy a quitar el nombre!”.

El noveno round se tornó sorprendentemente violento. Los guantes de Ali remataban la cabeza de piedra de Frazier y éste devolvía el fuego con uppercuts que hacían que todo el cuerpo de Ali ascendiera y cayera. Ambos hombres lanzaron sus golpes más fuertes y lograban conectarlos. La cara de Frazier se abultaba cada vez más, parecía haberse metido dentro de un panal de abejas. La multitud estaba de pie. Si Ali hubiese seguido combatiendo de este modo, habría noqueado a Frazier o vencido por decisión unánime. Pero no podía mantener este ritmo. Su tanque se había vaciado.

En el undécimo round, en vez de ir al ataque, Ali se replegó. No sólo se volvió a recostar sobre las cuerdas, sino que le hacía señas a Frazier para acercársele y golpearle, el equivalente a una casa rodante implorándole a un tornado que la azotara. “¿Qué está haciendo?”, preguntó José Torres, el excampeón de los pesos ligeros. “¿Lo quiere golpear? Tenía la pelea en el bolsillo en los segundos finales del décimo round y ahora lo está arruinando”.

Frazier aceptó la invitación de Ali a golpearle, saliendo disparado a lanzarle un contundente gancho izquierdo sobre su mandíbula, siguiéndolo con otro golpe izquierdo hacia su cuerpo. Eran golpes que Ali habría evitado antes. Sin embargo, en esta ocasión, si su mente le pedía moverse, su cuerpo no le respondía. Las rodillas de Ali se cerraban y él intentaba recobrar su equilibrio. Parecía que iba a caer, herido como nunca le habían herido en su carrera profesional. No obstante, de alguna manera, logró recuperarse y mantenerse de pie. Ali tenía una frase para esta sensación de semi-conciencia. Lo llamaba “la habitación del semi-sueño”. La describió en una oportunidad: “Un pesado golpe te lleva a las puertas de esa habitación. Se abren y ves luces parpadeando, de color neón, naranja y verde. Ves murciélagos tocando trompetas, lagartos tocando trombones y hay serpientes gritando. Máscaras extrañas y vestuarios de actores cuelgan de la pared. En la primera oportunidad que un golpe te despacha hasta allá, entras en pánico y comienzas a correr. Pero, cuando despiertas, dices: “Pues bien, era solamente un sueño, ¿por qué no me quedé tranquilo?… Solo tú puedes arreglar las cosas dentro de tu mente y planificarte para estar calmado, una vez que el semi-sueño llega a tí… El golpe hace que tu mente vibre como un diapasón. No puedes permitir que tu rival te mantenga allí. Hay que evitar que el diapasón siga vibrando”.


Ali estaba inmerso dentro de esa habitación del medio sueño. Al sonar la campana, los hombres de su esquina le arrojaron agua en el rostro antes de llevarlo a su banco, tratando de sacarle de allí. Bundini Brown le apuntó y gritó: “¡Tienes a Dios en tu esquina, Campeón!”. El árbitro Arthur Mercante se acercó a ver si el púgil requería de un médico. Se le persuadió para que permitiera que el combate continuase.

Ali empezó a moverse en el duodécimo round. Parecía que estaba probando si sus piernas le respondían. Frazier le arrolló nuevamente. Ali respondió, pero ya era claro que sólo le quedaba energía suficiente para luchar por momentos y no por la totalidad de un round. En el round 13, Ali comenzó nuevamente con fuerza, moviéndose con agilidad. Logró anotar varios puntos al impactar con jabs, pero nunca logró afectar a Frazier. Luego de un minuto jugando con el agresor, Ali regresó a las cuerdas y Frazier, percibiendo una oportunidad, explotó, conectando la extraordinaria cantidad de cuarenta y seis golpes. Con saliva mezclada con sangre brotando de sus labios hinchados y su cara hecha una máscara llena de hematomas grotescos, Frazier atacó, lanzando golpes con toda la fuerza de su cuerpo y logrando impactar en cada uno. Si la estrategia de Ali de ponerse contra las cuerdas había funcionado, si le había permitido recobrar energía mientras su oponente perdía fuelle, hubiese sido elogiado una vez más por su genio pugilístico. Pero, en esta ocasión, la estrategia no funcionó para nada. Para Frazier, parecía vivir su versión de Moby Dick, en la cual el capitán Ahab había descubierto su gran ballena blanca yaciendo en la playa y esperando el estacazo final. Frazier golpeó, golpeó, golpeó, trabajó el cuerpo, trabajó el rostro, golpeaba a su voluntad. Prácticamente se plantó en frente del ombligo de Ali y permaneció allí, para así evitar que Ali pudiese ver algo distinto al tope de la cabeza de un Frazier de menor estatura. Frazier estaba tan cerca de él, que Ali no podía extender sus brazos para golpearle aún si lo hubiese querido. Mientras Frazier golpeaba más, Ali asumía la posición estacionaria de un saco de boxeo. Su mandíbula se hinchaba, asemejando un globo marrón, causando preocupación por parte de sus asistentes de esquina, quienes estaban preocupados, pensando que podía estar fracturada.

Ali consiguió una última reserva de fuerza y peleó con precisión en el round 14. Sin embargo, ambos hombres estaban exhaustos. Todos se preguntaban si ambos peleadores podían mantenerse en pie, golpear y recibir golpes. Ali, quien gustaba de denominarse a sí mismo como el boxeador más científico en la historia de este deporte, quizás estaba reconsiderando su alardeo, porque esta pelea tuvo de todo menos ciencia. Esta fue una reyerta sangrienta. Fue el infierno.

Ambos hombres tocaron sus guantes para comenzar el decimoquinto y último round. Las brillantes luces que brillaban sobre ellos generaban feas sombras sobre los rostros hinchados de los dos. El aire estaba lleno del hedor de sudor y humo. Hasta la multitud en las tribunas estaba exhausta, pero se mantenían de pie y gritaban, pidiendo más.

Ali salió bailando, queriéndole decir al mundo que se mantenía fuerte, que se mantenía rápido y que no estaba acabado. Comenzó su ataque con un golpe con la zurda que hizo brotar un chorro de sangre de la boca de Frazier. Frazier golpeó varias veces al estómago de Ali, para así darle a entender que él tampoco estaba agotado. Luego apretó a Ali. Se separaron e hicieron un círculo. Frazier iba hacia adelante, tal como había hecho durante toda la pelea. Ali se replegó. Frazier asestó con la zurda. Su brazo izquierdo llegó tan lejos, como él diría después, que rozó los cálidos campos de Carolina del Sur, alcanzó tocar sus días de niño, repletos de pobreza y odio, dejando volar un gancho izquierdo. El sudor brotó de la cabeza de Ali cuando el golpe le impactó. La cabeza de Ali se sacudió. Sus ojos se cerraron. Su boca se abrió y sus piernas se cerraron. Cayó de espaldas y codos, su cabeza rebotó contra la colchoneta, sus piernas volaron por el aire.

Sin embargo, de manera increíble, Ali se levantó.

Se levantó tan pronto su cuerpo cayó contra la colchoneta.

¿Fue el sentido del valor que los mantuvo en pie? ¿Fue un caso neurológico? ¿Acaso la soberbia se impuso a la fisiología? Ambos hombres siguieron peleando hasta que, finalmente, sonó la campana y el árbitro se interpuso entre los dos, poniendo punto final a uno de los combates más intensos y mejor peleados de la historia del boxeo. Los aficionados rodearon en manadas el cuadrilátero mientras escuchaban que Joe Frazier había sido declarado ganador por decisión unánime.

Fuente:Por Jonathan Eig espndeportes.espn.com