Ensalada de autor

Ensalada de autor

 - Por Gustavo Nigrelli
Las últimas modificaciones de la AIBA -a las que se sometió la FAB en parte de su reglamento-, tienen una coherencia particular que creó confusión entre los especialistas a la hora de interpretar records de púgiles profesionales, respecto de qué peleas contabilizar o no. Urge unificar criterios. ¿Hay voluntad de hacerlo? ¿Está todo absolutamente claro y correcto? ¿Quién lo de debe determinar?

Hace un par de semanas, en una nota televisiva lograda por el colega Osvaldo Príncipi que se pasó por CN23, el presidente de la AMB, Gilbertico Mendoza, y el del Comité de Clasificaciones de la FIB, el argentino radicado en USA Aníbal Miramontes, opinaron acerca de considerar o no en los records de los boxeadores profesionales a las peleas realizadas en la WSB de la AIBA, sembrando más confusión.

Recordemos que en esa competencia –la WSB de la AIBA- pueden intervenir tanto púgiles rentados como amateurs de la AOB (AIBA Open Boxing), aunque en realidad, poco antes de los JJOO de Río, se permitió también la participación de los primeros, por lo cual ahora, en los máximos torneos de AIBA, ya no hay más barreras.

Pero mientras que en la AOB (JJOO) se pelea a 3 rounds de 3 minutos, en la WSB se lo hace a 5 de 3, y de allí que cierta parte de la prensa y organismos internacionales razonen que más de 4 rounds y sin cabezales, se considera que un combate es profesional.

La entrevista, si bien trascendió ahora, data de un mes y pico atrás –en la Convención FIB de La Florida-, por lo cual quizás haya habido cambios en el pensamiento de ambos, especialmente en el de Gilbertico, muy cercano a la AIBA y a su presidente, el chino Wu Ching-Kuo, al punto que advirtió que debía seguir hablando con el pope oriental, porque quedaban temas pendientes.

No obstante, tanto Mendoza como Miramontes se mostraron a favor de contarlos en los récords rentados por considerar a la WSB como un torneo profesional, a caballo del razonamiento descripto respecto de la distancia de los combates en tales competencias (5 asaltos), y al pago de dinero.

Supuestamente la palabra de ellos obraba como juez en la discusión, cuando en realidad, ni uno ni otro -ni ningún presidente de organismo internacional alguno- está facultado para determinar tales criterios, que tienen que ver con las reglas de las Federaciones Nacionales que rigen a los púgiles y cómo se anotan en sus respectivas licencias, y no con opiniones de terceros.

Dicho con más simpleza, el record de cada boxeador profesional es el que figura en su libreta, avalado por su autoridad de contralor competente, independientemente de si alguien está o no de acuerdo, o si es del gusto de los demás.

Si algo es seguro, es que jamás la distancia a la que se pelee determina el terreno en el que está un boxeador, ya que en el amateurismo esto ha cambiado a lo largo de la historia, y no hace mucho se peleaba a 4, incluso a 5 de 2 x 1. Y yendo más atrás, a 6 vueltas, según cuentan los que peinan canas.

Lo que determina la condición de profesional o no es, primero que nada, sacar la licencia. Luego el cobro de dinero por cada combate, y recién allí, el respetar las reglas profesionales de cada Federación, que a veces son cambiantes, incluso en el caso de las distancias de las peleas.

Pero las reglas de la WSB no son las que se usan en el profesionalismo de ningún lado, lo cual la aleja de cualquier comparación. Y dinero cobran todos, incluso los cubanos –los de elite más que los otros-, sólo que los amateurs en nuestro país cobran becas mensuales -peleen o no-, para su subsistencia dentro del equipo y poder estar en una concentración durante varios días –o meses-, que no es lo mismo que cobrar una bolsa. Y eso lo avala la AIBA.

De allí que lo fundamental es lo que determine cada Federación, que es quien dicta las reglas al respecto y bajo las cuales pelean sus púgiles afiliados.

Y éstas lo hacen en concordancia con los designios de la AIBA, organismo al que a su vez están afiliadas, y no así a la AMB, CMB, FIB, ni OMB, a quienes –en el caso de la FAB- reconocen como organismos mundialistas, pero sin afiliación.

Que un dirigente o periodista determine si un púgil debiera ser considerado profesional o no, sería más o menos como que en fútbol un comentarista, estadígrafo, o presidente de otro país, defina si un gol hay que convalidarlo o no, si pertenece a tal o cual jugador, si la cantidad de partidos de un equipo es una u otra, o si los títulos de un equipo son 12 ó 13, según su criterio personal. Ridículo.

Por lógica, es la AFA quien define estas cuestiones, acertada o no. El criterio de la AFA es el que impera oficialmente. Uno puede criticarlo, estar o no de acuerdo, opinar cómo tendría que ser, pero no pretender modificarlo a gusto y piacere, porque además de absurdo, es ilegal.

Sin embargo, esto es lo que se pretende hacer en nuestro boxeo. La FAB, a través de la palabra de Osvaldo Bisbal, ex presidente y actual vice de AIBA, es clara en su postura: “cuando pelea un amateur contra un profesional, al profesional se le cuenta como pelea profesional, y al amateur como amateur. Y todo aquel que intervenga en la APB (AIBA Pro Boxing), se lo considera profesional”.

Pero aclara que esto sucede solamente en competencias donde legisla AIBA, porque todos sus participantes son púgiles Elite, preparados para el máximo nivel. Sigue prohibido en todo el país donde rigen las reglas de la FAB.

No obstante no está claro aún si a los púgiles que pelearon en los JJOO de Río, como Yamil Peralta, Fernando Martínez, Alberto Melián, Leandro Blanc, e incluso Carlos Aquino (participó en el último

preolímpico de Venezuela) –considerados profesionales por haber intervenido en la APB-, hay que contabilizarles tales peleas como rentadas. Es más; este año sumaron más combates AOB en el Continental de Tegucigalpa. ¿Cuentan como rentadas?

Faltaría también corregir un detalle reglamentario: en el apéndice del Boxeo Masculino Amateur, Capítulo IV “del Boxeador”, ART. 14.01, inc. b), dice que “son considerados boxeadores aficionados quienes NUNCA HAN COMPETIDO CONTRA UN PROFESIONAL”. Y no contempla excepciones. ¿En qué quedamos?

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