Hola Huracán, soy el tiempo

Hola Huracán, soy el tiempo

 - Por Gustavo Nigrelli
La caída de Omar Narvaes el pasado sábado ante Zolani Tete, donde dejó una pobre imagen y casi no tiró golpes, puso fin no solo a su carrera, sino a una Era prolífica que comenzó con el cambio de milenio. La ley de la vida se impuso a cualquier otra realidad.

En una semana el boxeo argentino quizás haya asistido al fin de una Era gloriosa, con las derrotas primero de la Tigresa Acuña, y luego de Omar Narvaes el sábado en Belfast, ante el sudafricano Zolani Tete.

Habían arrancado con el nuevo milenio y fueron sus dos últimos referentes, uno en versión masculina y otro en femenina. Pero el tiempo -o vaya a saberse qué- les puso su pie inexorable, al igual que a todos los otros, salvo a aquellos que prefirieron el retiro voluntario, no se sabe si en actitud más sabia, o más cobarde. Eso dependerá de la subjetividad del intérprete.

Los mismos que interpretaron desde sus televisores la pálida derrota del Huracán de Trelewante un campeón frente al cual buscó una hazaña jamás lograda por boxeador argentino alguno en la historia, e incluso jamás intentada, que es la de conquistar tres coronas mundiales en diferentes categorías.

El problema es que lo hizo a los 42 años, a meses de los 43, en el peso gallo (versión OMB) que le queda grande, ante un adversario 12 años más joven y 16 cm más alto, de potente pegada y larguísimos brazos, que no le dejó ni acercarse siquiera a tirar alguna mano, que de haber podido arrojar tampoco hubiese modificado nada, y posiblemente a cambio hubiese obtenido un resultado peor, como una derrota antes del límite, o una caída.

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Un rival a quien posiblemente con 10 años menos hubiese domado lentamente, como hizo con tantos otros de similar talla y valía, que tras su victoria quedaron reducidos a olvidadizas anécdotas, o a uno más de los muchos retadores mediocres que le acusan de haber tenido, y que de buenas a primeras, ahora que cumplió 42 abriles, parecen haberse convertido en monstruos de laberintos.

Los rivales, poco más, poco menos, son todos similares. El que cambió fue Narvaes. Su cuerpo, sus reflejos, sus movimientos, aunque su cabeza siga siendo la misma.

Resulta fácil para el espectador pedirle más guapeza y audacia a un tipo de 42 pirulos, sentado cómodamente en su sillón, con fiaca para levantarse a correr una vuelta manzana. Ser guapo con el cuerpo de otro es el deporte preferido de muchos, más cuando se trata de recibir piñas, o pregonar una inmolación que decante en quedar aplastado escuchando la cuenta.

Es cierto que jugársela a suerte y verdad es síntoma de grandeza, pero cuando se tiene al menos una bala en el tambor. Y Narvaes, con su inteligencia instintiva, vio que no la tenía ni bien comenzó el combate y Tete se le puso enfrente impertérrito, inalcanzable, tan lejano como su sueño.

¿Lo habrá sabido desde antes Narvaes y fue por la bolsa, como piensan muchos? Cómo saberlo. Y cómo juzgarlo. ¿En ese caso no hubiese sido más simple ensayar un arrebato y que la cosa se acabe rápido?

Se le hubiese podido pedir audacia, valor, hombría, o rebeldía a un Narvaes de 30 años, en igualdad de condiciones, pero no a uno que pasó los 40 y subió regalando peso, altura, alcance y potencia, pese a que nadie lo obligó al convite. Pero el sólo hecho de haberlo intentado parece ser más motivo de crítica que de elogio.

A los grandes también les interesa morir de pie, y que su ego se manche lo menos posible, máxime cuando su razón prevalece por sobre su corazón, aunque sea consciente de que el drama y la heroicidad suelen tener mejor mercado, o ser más seductoras.

Pero Narvaes nunca hizo del boxeo un drama. Fue más bien una función de arte clásico, para aplaudir sin gritar. Y su derrota también debía en lo posible estar a tono con eso.

Es cierto, dejó una pobre imagen, injustamente difícil de revertir en el corto plazo con las sensaciones a flor de piel y un tamiz tan fino como el del azúcar impalpable. Mas en esa evaluación no hay ganadores, ni ránkings, ni méritos, porque todos entran tarde o temprano en la trituradora maquinaria de la vida, que es el tiempo.

Maravilla Martínez se fue dando lástima ante Cotto. El Chino Maidana ni esperó ese momento y se resignó con 31 años a perder ante un Mayweather cercano a los 38, casi sin tirar las manos en su segunda pelea. Ni hablar de Galíndez, de Locche, de Castro, de Vásquez, de Coggi, y todas nuestras glorias, excluyendo a Monzón que no quiso sentir la experiencia en carne propia, pero que en su caída ante Rodrigo Valdez (aunque luego ganó la pelea) pispeó la entrada al tobogán a sus cortos 35 años.

Hasta el Gran Muhammad Alí sucumbió ante ese imperdonable rival, y eso que aún no tenía 40 en su triste derrota frente a Larry Holmes primero, y Trevor Berbick después.

Las 28 defensas mundialistas ininterrumpidas en dos categorías del Huracán (mosca y supermosca), record máximo de todos los tiempos -despojando del mismo al Gran Joe Louis (25 en pesado)- y sus 12 años y casi 6 meses de continuidad como monarca -otro record histórico desde que nació el boxeo en cualquier parte de la tierra-, hablan por sí solos.

Si los rivales fueron buenos o malos, habría que confrontarlos con los de otros. Pero lo cierto es que con las mismas posibilidades y reglas para armar una carrera, los demás duraron menos que él.

Tuvo siempre una conducta y una palabra, pero por sobre todo, una coherencia, que mantuvo hasta el fin, aún en su peor momento, cuando no se quiso disfrazar de lo que no es.

Fuente: Por Gustavo Nigrelli

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